Viajes

Definiendo bipolaridad: Dubái

Texto: Nieves Gzs. Leal Publicado: 27 de febrero de 2014


Filas de palmeras naturales y un enorme abeto artificial decorado con motivos navideños, reciben en el interior del gigante y ultra moderno aeropuerto de Dubái. Principios de diciembre, y en la habitación de mi hotel Amwaj Rotana, Jumeirah Beach, me dejan una nota para que baje al encendido del árbol de navidad y a cantar unos villancicos; la temperatura es de 25 grados y el paisaje tras los rascacielos es un desierto, de un país musulmán.


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El metro tiene vagones tipo cápsula, con clasificaciones de primera clase, o sólo familias, no lleva conductor, y un humilde anciano vestido de blanco y con unas destartaladas sandalias de pescador, me cede el asiento, creo, porque soy mujer.


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Las estaciones son del tercer milenio (con nombres como Dubai Internet City o First Gulf Bank), pero las mujeres tienen un aspecto medieval en negro, que contrasta con el desenfado de las extranjeras, capaces de escapar a la normativa del islam. Está prohibido comer cerdo, y en el supermercado del Dubai Marina hay una amplia zona titulada Pork Store, con carnicero incluido, que no debe frecuentar la expatriada que hace “running” paralela al río, con una más que escueta figura y mínimo equipamiento deportivo. Me tomaría una cerveza para asimilar tanto extremismo, pero no estoy en un hotel, únicos lugares donde me dejan consumir alcohol, que por cierto, el islam no permite para “encauzar de modo constructivo la energía humana a través de la autodisciplina, la cual es un imperativo para cualquier sociedad civilizada”. Acompaño, por tanto, un tradicional tajine de cordero con la universal coca cola, en The Aroma Cafe, mientras contemplo las impecables indumentarias blancas de los hombres árabes, que conjuntan hábilmente con el reloj, las gafas de sol y el móvil, de excesivo precio. Las mujeres exteriormente de oscuro, aprovechan cualquier resquicio para mostrar el bolso, los vaqueros, y las sandalias de procedencia europea y/o norteamericana. Las más osadas, los maquillajes y manicuras de carácter exclusivo. Todo ello en versión falsa, se ofrece en la zona centro de una ciudad de edificios sesenteros, sin interés ni gracia. En las partes altas de las tiendas, con olor a plástico y a cutrez que no desentona, tristemente, con los múltiples barcos y camiones de pakistaníes e indios, que representan la mano de obra barata, para construir el homogéneo paisaje de cemento, cristal, acero y numerosas grúas, que separa el Golfo Pérsico del desierto.


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Sin embargo, dos edificios rompen la monotonía estructural: el que se adentra en el mar con todo el “trapo” extendido, como un barco de 7 estrellas, el Hotel Burj al Arab (Torre Árabe), y el altísimo Burj Khalifa.


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El primero se ubica en un una isla artificial a un cuarto de kilómetro de tierra firme, pero esa mínima distancia se mide en músculo económico. Mi taxi, se detiene ante la barrera, previa al puente, y doy mi nombre. Un elegante conserje revisa una lista y me permite el paso; no se aceptan visitas si no estás registrado en el hotel o en alguno de sus restaurantes. Cruzo el puente y apenas pongo un pie en el vestíbulo, una preciosa señorita vestida en suntuoso modo árabe, pero europea, me acompaña en un recorrido de barroco lujo, y demostración de poderío. Sutilmente examino los cientos de metros de techo (el edificio está hueco, y las habitaciones se disponen a modo corrala, alrededor), y mientras lo atravieso, con paso de elevado tacón sobre mullida alfombra, reparo en las sandalias con calcetín blanco, de una huésped de origen chino.


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Alcanzamos el ascensor panorámico a la vez, me despido de mi amable escolta y subo a la élite de la sociedad. Otro ser me muestra el camino hacia mi mesa, donde disfruto durante más de dos horas del Indulgent afternoon tea en el Skyview Bar, de las vistas de la ciudad, y de la loca palmera de tierra que han construido sobre el mar, y éste devora día a día. Por unos momentos, recuerdo la cena de ayer en el New Malabar Restaurant, un simple y triste lugar, de cuatro mesas mal puestas, por compañía las moscas y unos lugareños, donde la comida estaba buena, y el zumo era natural. El ínfimo precio que pagué, cabe numerosas veces en la cuenta que me meto en el bolso a la vez que desciendo a lo terrenal, buscando al consumista Dubai Mall, el centro comercial con pista de patinaje, un acuario donde se puede bucear, y toda la gama de tiendas de firmas internacionales.


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Solamente tres llaman mi atención por tener un carácter más genuino: la de alfombras persas, la de los trajes típicos, y la Bateel, exclusiva de dátiles, la única donde yo he hecho mis compras. A mi salida me topo con los 828 metros del Burj Khalifa, la torre de vigilancia de todo Dubai y alrededores, y el segundo de los edificios con distinción propia, pero desde el que no se puede contemplar el zoco del oro, o el mercado de las especias, también con aires turísticos, pero de inferior precio.


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La razón de mi visita laboral a Dubái, me deja una combinación de alta tecnología, con las tradiciones de un secretario de sanidad con un poblado séquito y 20 de sus nombres y títulos, repetidos cada vez que lo presentan. Cierro Dubái con la memoria de una playa de burkas y bikinis, de humus y cordero en el Wafi Gourmet, y un control de pasaportes regentado por una maravillosa belleza, con un exquisito velo.


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Dubái, es una muestra de mezcolanza internacional, de vanguardistas rascacielos contrastando con el duro desierto. Sus habitantes nacionales basculan entre la pobreza y la demostración de arrasadora opulencia, cubriéndose con harapos o con ropajes aderezados de complementos del oeste. Mientras su forma de vida, es un bipolo entre sus tradiciones y la influencia externa tanto del norte de América, como de Europa.


Si tuviera que definir bipolaridad, yo diría... Dubái.

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1 comentario:

#1 Astrid 9 de abril de 2014 12:36

Me ha parecido genial. Este destino me atrae mucho pero al mismo tiempo siento rechazo hacia él, será por esa bipolaridad descrita en el artículo, quizá?

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