Viajes

Una noche a solas con Ella: Córdoba

Texto: Nieves Gzs. Leal Publicado: 24 de enero de 2014


Tardo unos segundos en percibir, el frío de su madrugada de invierno.

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En la calle Corregidor Luis de Cerda, una baja temperatura se mezcla con el eco de sutiles sensaciones, dejadas por el ritual árabe de los baños Hamman que acabo de abandonar. Esa cultura al agua, que consiste en sumergirnos repetidamente, y sin prisa, en termas templadas, calientes y frías, y descansar sobre la tradicional piedra caliente; con el propósito de tranquilizar, tanto nuestro alma, como el envoltorio corporal que la encierra.

He aprovechado el último pase. El de las diez de la noche de un día laborable, que facilita un ambiente más íntimo de lo habitual; y que permite, una vez finalizado el proceso de relajación, trasladar esa misma atmósfera, a las solitarias calles del centro de la ciudad.

Recorro, con el pelo aún mojado y en compañía del silencio, la escasa distancia que me separa de la Mezquita/Catedral. El alzado del emblemático edificio, por la estrechez de la calle, no da lugar a contemplar su esplendor. Me siento en un tramo de escaleras, como tantas veces he hecho, en noches de Feria y farra. Aunque ahora, no estoy rodeada de gente, ni nadie grita mi nombre, para ponernos en marcha, con el objetivo de baile y rebujito en caseta.

A mi espalda sigue la Mezquita, con la fusión única, de su bosque de columnas que soportan los arcos roji-blancos, y toda una catedral cristiana. Esta mañana temprano, para evitar a las gitanas con mi futuro en una ramita de romero, he vuelto a cruzar el patio y me he perdido un poco en su interior. Me cobro el madrugón, como ausencia de público -apenas algunas personas rezando-, y la descomposición en siete colores, de la luz natural, a los pies de unas cuantas columnas.

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La magia se rompe por la llegada del primer grupo de visitantes. Recojo el sosiego en añicos y huyo al cercano Alcázar de los Reyes Cristianos. Allí, paseo en los jardines venidos a menos en esta temporada, en busca de un fragmento de gran historia representada en una estatua: Los Reyes Católicos y Colón.

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En este lugar, el navegante solicitó los fondos necesarios, para emprender su viaje, y yo...

Mis pies fríos, cortan abruptamente el recuerdo de la mañana. Dejo a mi izquierda, las Bodegas Mezquita: mi lugar de cena hace unas horas y tranquilo avituallamiento de albóndigas con salsa de almendras (receta árabe); y alcanzo la empedrada plaza de la Puerta de Algeciras, entrada sureña a la ciudad. Con la ausencia del resonar de los cascos de los caballos, el traqueteo de las ruedas de los coches de los que tiran, y el jaleo de la rutina diaria, soy capaz de distinguir, el suave murmullo del agua del Guadalquivir.

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Sobre él, se despliegan a mis pies, los más de 250 metros del puente romano, con su final medieval con forma de Torre de la Calahorra, representando la unión entre El barrio de la Catedral y el del Campo de la Verdad.

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Antiguo arrabal, y escenario de una cruenta batalla en la guerra civil, entre el bastardo Enrique II de Trastámara y Pedro I el Cruel, hablamos de 1368.

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Sin embargo, ahora el puente es todo mío, lo recorro lentamente, saboreando con antelación las vistas que Córdoba me negó antes. Pero al girarme ya no puede ocultarse, la admiro a toda Ella, entre el vaho de mi respiración, y echando de menos una infusión caliente, como la de esta tarde en el Salón de té, del Barrio de la Judería.

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Busco las luces del Sojo Ribera, ese bar con terraza afortunada sobre la curva del río. Pero la orilla no devuelve vida a su altura, no hay copa esta noche.

Vuelvo sobre mis pasos, y concluyo en la calle Vinagreros, en busca de un pequeño patio atestado de turistas durante el día, y que luce ahora completamente desamparado.

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Allí me cito con la Córdoba diurna, la de los desayunos en la Plaza de la Corredera, las visitas a los museos Arqueológico y del pintor Julio Romero de Torres, la tapa de tortilla (22 huevos utilizan para hacerla) en el Bar Santos, y las compras con olor a cuero y a plata en la judería, el salmorejo de la eterna Bodegas Campos, y un caer por los doce patios del Palacio de Viana.

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Es demasiado tarde, pero en mi breve recorrido al céntrico hotel, todavía soy capaz de sorprenderme ante unas inmensas columnas romanas, y asumir que me quedan muchas más noches y muchos más días con Córdoba.

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3 comentarios:

#1 Ángela Fuertes24 de enero de 2014 19:45

Me atrapáis por todas partes, si bien el salmorejo la tapa de tortilla como cierre deja abiertas mis papilas gustativas, las fotografías ,y descripciones me despierta la necesidad de recorrer esa ciudad nuevamente .

#2 Conchi25 de enero de 2014 19:19

Mi visita a Córdoba fué en el mes de agosto una fecha no muy apropiada por el calor que pasamos.
Es una ciudad encantadora y aparte de sus monumentos se come de maravilla.

#3 MIKADO25 de enero de 2014 20:23

Lo mejor de Córdoba es el arroz con rabo de toro de las bodegas Campos.

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