Viajes

La historia de siempre: el Tiempo

Texto: Nieves Gzs. Leal Publicado: 19 de diciembre de 2013


el tiempo

Otro 31 de diciembre, mis manos sostienen una copa de cristal con doce uvas.

Quedan unos minutos para ejecutar el protocolo anual de la Puerta del Sol. Si me quedo, será un lento tránsito hasta que la bola baje y suenen los cuartos. Si decido irme de distracción, las saetas esprintarán. La historia de siempre.

Las saetas.

Eran muy perezosas para marcar la hora de la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga, pero aceleraban desaprensivamente, haciendo aparecer el momento de regreso a casa, en lo que a mí, me parecía, el inicio de la celebración.

Ellas demostraban una pesadez insufrible, en la infinita siesta infantil, y eran señaladoras implacables de la esclavitud escolar. Corrían, cuando íbamos perdiendo en los partidos de baloncesto, y se dilataban, cansinas, en el turno de tarde de “La Facultad”.

Sigo sin entender la flexibilidad que tienen las manecillas de los relojes. Vuelan cuando voy tarde, pero apenas se mueven mientras espero impacientemente al tren. Contemplo su transitar pastoso en mis noches de insomnio, y su velocidad supersónica de las nocturnidades breves, que hacen preguntarse a dónde han ido a parar mis horas de descanso, o de diversión.

El tiempo, está en el espejo mañanero, y en el de irse a la cama; en el bote de la crema de día y en la de noche —cuya diferencia se inventó Helena Rubinstain, como si fuera dios y pudiera controlar el periplo solar—, aunque ya quisiera yo ciertos poderes para empujar esos ratos finales de la jornada laboral y disfrutar de mi suerte, que viene de visita diaria, unas veces a cara descubierta, y otras, algo disfrazada... pero siempre constante en cualquiera de sus versiones.

Y así, me voy batiendo en duelo con la rutina, puntual ella, en el lento curso del lunes al viernes, con el ecuador en el miércoles, esfumado fin de semana, para terminar en el marchitar de su domingo. Aunque, la verdad, las semanas pasan demasiado rápido, acumulándose en forma de meses, que nos aglutinan años y conjuntos de décadas.

Al final, no son otra cosa que el paso obligado de esta experiencia terrenal que llaman vida, y a la que nos trajeron sin preguntar, y de la que nos marcharemos de la misma manera...

Y mientras esto fluye, sin posibilidad de cambio, pienso que mi tiempo merece ser exprimido, invertido, regalado, inventado, disfrutado, saboreado, encontrado y por supuesto, viajado...

La bola baja, suenan los cuartos. 12 campanadas, doce uvas. Es 1 de enero, las saetas no descansan. La historia de siempre.

Nieves Gzls. Leal

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1 comentario:

#1 Beatriz21 de diciembre de 2013 23:10

Cierto es y que verdad,el tiempo pasa adormecido o por el contrario fugaz,hace sus estancias propias y deja su huella en nuestro día a día. Felices fiestas y que el 2014 traiga tanta felicidad que quedemos sorprendidos!

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