Viajes

Agua a casi 1000 metros de altura: Salto Angel

Texto: Nieves Gzs. Leal Publicado: 8 de agosto de 2013


Suenan unos golpes en la enclenque puerta de nuestra choza/bungalow, a orilla de la rojiza Laguna de Canaima. Le siguen una retahíla de frases, que parecen ser emitidas en japonés…son las cuatro de la mañana. Abrimos la puerta a la noche, rota por la pobre bombilla que nos ilumina la entrada. El guía pone cara de sorpresa, no hay ojos rasgados, se ha confundido de habitación; pero nosotras al igual que los japoneses, también nos hemos apuntado a madrugar, para llegar a la catarata más alta del mundo: El Salto Angel.

Estamos al sur de Venezuela, en las tres mil hectáreas que conforman el Parque Nacional Canaima -entre Ciudad Bolívar y la Sabana-, al que solamente se puede acceder por vía aérea, y donde la terminal “internacional” es una choza de madera y paja.

Salto Angel

Arancha y yo somos las mascotas del grupo, entre lunas de miel, ociosos y jubilados adormecidos. Y tal vez por ello, nos adoptan en la parte delantera de lo que denominan “camión”. Así, remontamos por un camino embarrado, el salto de agua de la laguna, que nos permite en mitad de la selva, hidroeléctrica mediante, no echar mucho de menos la civilización.

Pasado el primer obstáculo, a tientas me meto en el chaleco salvavidas. Mientras amanece, y la luz me da conciencia, de que tenemos que remontar 90 km subidos en una pequeña canoa, por el anchísimo río Carrao, cuyo nivel, dado que es época de lluvias, es máximo. El ruido del motor, es lo único que se une a la sinfonía natural de la selva venezolana, y el zoom que magnifica siempre “nuestra primera vez” hace el resto para mantenernos en permanente observación del entorno.

Vigilo mi orilla a derechas, hago lo propio con la izquierda que me queda peor orientada, pero me tranquilizan diciendo que en esas apetecibles piscinas donde se estanca el río, “solamente” se encuentran anacondas… la canoa pasa unos rápidos, pero nosotros lo hacemos por tierra, no están las aguas para rafting.

El tiempo transcurre, hacemos un descanso en isla Orquídea en compañía de los tucanes, y el río que se va estrechando se convierte en el Churún.

Salto Angel

A la vista nos quedan los Tepuis -las formaciones geológicas más antiguas de Sudamérica- con formas cúbicas, y cimas completamente planas. El buscador de oro, Jimmy Angel, estrelló su avioneta sobre el Auyantepui, pero logró sobrevivir y dar a conocer, la catarata más alta del planeta: los casi mil metros del Salto que lleva su apellido.

Salto Angel

Tras más de cuatro horas, en la enésima curva del río, el guía anuncia que ahí está. Sin embargo, las nubes tapan el codiciado objetivo. Finalmente, la cortesía climatológica, permite al aire mover el telón algodonoso, y sí, vemos el espectáculo que despliega la esbelta caída de casi un kilómetro de altura. Silencio sepulcral con deleite turístico.

Salto Angel

Reponemos fuerzas en tierra con una receta india de pollo, el cual se asa en una especie de horno que asemeja el ensamblaje en madera de una tienda de campaña, y comido sin lujos extras como sillas o mesas. Tras ello, caminata de subida hasta el mirador más próximo al salto. Las raíces de los inmensos árboles, externas a la tierra debido a la humedad, han formado una aparatosa escalera, que subimos y subimos, y concienciada, sigo las instrucciones de poner mis pies exactamente en el lugar dejado por los de Arancha, que va por delante de mí, haciendo lo propio con el chico japonés, evitando sorpresas reptantes... De repente, el interés se desplaza hacia una finísima lluvia, casi pulverizada que nos cubre, y al ruido del batir de agua, lo que señala el mirador. El cual resulta ser, una pequeña roca al vacío, desde la que sientes cerca el punto por donde rebosa el agua, en lo alto del Auyantepui.

Salto Angel

Tras disfrutar largamente de las vistas, empapados de sudor y lluvia, iniciamos la vuelta. Bajamos rápidamente intentando usar las lianas y cayéndonos, comiendo termitas -extremadamente dulces-, y con mucho cansancio, por lo que nuestro único fin, es un bañito tranquilo, en aguas seguras, para apaciguar la adrenalina, e iniciar la vuelta.

El favor de la corriente nos hace ganar mucho tiempo, por lo que proponen parada en los saltos Sapo y Sapito, unas mini cataratas que emulan Iguazú. Pasamos de la increíble altura del Salto Angel, a una imponente anchura. Los guías nos motivan a cruzarlas por abajo. El asunto impone. El camino se inicia con una barandilla, pero cuando comienza el caudal importante de agua, solamente queda una roca que sobresale, donde apenas cabe el ancho del pie. Todos en fila mirando a la pared, cogidos de la mano y con el bañador como única pertenencia, mientras que a la espalda queda la cortina de agua. La consigna: no te sueltes y no te pares. Avanzamos lentos y torpes, vamos de las primeras para generar confianza dicen, de repente me cae encima una fuerza en forma de agua que primero duele y luego me ahoga, no puedo respirar, y sigue cayéndome, y no puedo ni abrir la boca para gritar. Vamos hacia la izquierda, tiran de mí, y yo pienso que no me pare y que no me suelte, y que cuánto queda porque necesito aire, y en abrir los ojos, que contra mi voluntad se han cerrado a cal y canto... Sin embargo, tal como apareció se fue, repentinamente el infinito caudal se transforma en tenues hilillos de agua.

Salto Angel

Salgo del pasadizo, a una plataforma rocosa; me siento a amortiguar la emoción, disfrutar de las vistas, y a no pensar en que tengo que volver exactamente, por el mismo camino...

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